Lorenzo y Catalina
Una noche fría de enero,
como glaciar de la Antártida.
Larga noche, casi eterna,
gélida y enigmática.
Nadie se atreve a salir;
la bruma apaga las luces.
Solo un audaz caminante
se aventura por los cruces.
Y tras cuatro horas afuera,
tres sumido en la penumbra,
halló aquel valiente errante
dos fulgores que lo alumbran.
Uno asoma desde occidente,
redondo, ligero y tenue;
el otro nace en oriente,
con un resplandor ardiente.
«Son Lorenzo y Catalina»
nombres del Sol y la Luna.
Y en cualquier noche de invierno,
al alba, belleza pura.
David Morilla Sorlí
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