Un día te levantas y te das cuenta de que ya no eres ese niño dulce y travieso al que le encantaba jugar con hormigas en los patios, ir a los columpios, o intercambiar cromos de fútbol con sus amigos. Eres adulto, pero dentro de ti sabes que siempre seguirás siendo ese niño, con esa inocencia casi intacta de pensar que todo el mundo es, en el fondo, una buena persona. Y tienes tu grupo de amigos, ese que has ido tejiendo durante los años de tu tardía adolescencia y tu adultez primeriza, y por fin te sientes como uno más de ellos. Crees que has encontrado aquello que te fue negado de pequeño, probablemente no por malicia, sino porque nunca habías conseguido encajar del todo en ningún lugar. Le caías bien a todos, pero no eras amigo de nadie. Probablemente porque había algo que no terminaba de encajar, algo que te hacía sentir distinto, desplazado, sin saber muy bien qué era. Quizá era tu manera de ser, o de expresarte; o quizá simplemente habitabas una sensibilidad distinta, más honda q...