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Mostrando entradas de marzo, 2026

Casi (cont.)

Tras unos meses de mucho reflexionar sobre este tema, y hablarlo con personas cercanas, quiero expandir un poco esta reflexión. Ahí va: Luego decides hablar, mostrar esa parte de ti que siempre guardas, y notas que realmente les importas, que sienten pesar al saber que algo te dolió.  Por primera vez entiendes que no estás solo. No es que no pertenezcas, es que todavía aprendes a ser uno más. Que algunas palabras duelan no borra la verdad de su compañía: te eligen, ríen contigo, quieren estar. Eso pesa más que cualquier comentario que pudo herirte. Aún así, sientes, al mismo tiempo, cómo tus viejas inseguridades asoman, cómo el miedo a no ser un igual se instala en algún rincón de tu pecho. Y, sin proponértelo, empiezas a ver que muchas de esas dudas nacen dentro de ti, no fuera.  Te invade la certeza de que la amistad no es perfecta, que no existe un edificio sin grietas, y aún así algo en ti comprende que eso no la hace menos real. Caminan contigo, tropiezan contigo, ríen co...

Echo de menos

Echo de menos aquellas tardes de verano, sentados en la terraza, con mi nestea y tu coca cola, mientras el mundo parecía rendirse en silencio ante la belleza del lejano atardecer. Había algo en esa luz que nos envolvía, como si el tiempo se diluyera sin hacer ruido. Sin que lo supieras, a menudo dejaba de admirar el cielo para perderme navegando en tus ojos color café; en ellos no solo se reflejaba el ocaso, sino también el mapa secreto de tus pasiones y tus metas. Y allí, en esa admiración, encontraba una paz que pocas veces ha vuelto a habitarme. Echo de menos aquellos mensajes inesperados, esos en los que me decías que te escaparías del trabajo para robarle unos minutos al día y regalármelos a mí.  Comer contigo era un pequeño caos: decías que no sabías hacerlo, y siempre terminabas manchándote los labios. A mí me gustaba pensar que lo hacías a propósito, solo para darme la excusa perfecta de limpiártelos con un beso, como quien recoge un instante para que no se pierda. Recuerdo...

Autosabotaje

Es complicado hacer amigos cuando nunca has estado solo. De niño hubo un grupo de amigos, y de adolescente también. Jugabais, reíais, compartíais secretos y planes, pero siempre había un hilo invisible que no encajaba, un viento frío colándose entre las risas, un espacio que no terminaba de llenarse. La amistad era como una estrella fugaz: brillante, luminosa, pero destinada a desvanecerse antes de que pudieras sostenerla entre las manos. Y se desvanecía. Siempre. Nunca hubo tiempo para la soledad verdadera, para aprender lo que significa un amigo que te vea, que te espere, que te abrace sin condiciones. Especialmente cuando siempre fuiste el chico que entretiene, que hace reír, que sonríe para que otros sonrían, dejando tu corazón al margen. En tu cabeza resuena una pregunta constante: ¿Me quieren a mí, o solo lo que doy? ¿Me quieren a mí, o solo disfrutan del fuego que ilumino por ellos? Entonces aparecen amigos que parecen quedarse. Pero los fantasmas antiguos no desaparecen. Cada b...

Casi

Un día te levantas y te das cuenta de que ya no eres ese niño dulce y travieso al que le encantaba jugar con hormigas en los patios, ir a los columpios o intercambiar cromos de fútbol con sus amigos. Eres adulto, pero dentro de ti sabes que siempre seguirás siendo ese niño, con esa inocencia casi intacta de pensar que todo el mundo es, en el fondo, una buena persona. Y tienes tu grupo de amigos, ese que has ido tejiendo durante los años de tu tardía adolescencia y tu adultez primeriza, y por fin te sientes como uno más de ellos. Crees que has encontrado aquello que te fue negado de pequeño, probablemente no por malicia, sino porque nunca habías conseguido encajar del todo en ningún lugar. Le caías bien a todos, pero no eras amigo de nadie. Probablemente porque ni siquiera tú habrías sido tu amigo, porque sabías que dentro de ti había algo que no terminaba de encajar, algo que te hacía sentir distinto, desplazado, sin saber muy bien qué era. Quizá era tu manera de ser, o de expresarte; ...

Lágrimas de tinta

Redacto de puño y letra esta poesía de tristeza, que refleja, como espejo, los sueños de mi cabeza. Hoy estoy desorientado, perdido en un agujero, creo saber lo que busco, mas ignoro lo que anhelo. He de mientras conformarme con desahogar mi penuria, y guardar mientras escribo, mil lágrimas que diluvian. Mientras existan los días, y a la noche el llanto aflore, seguiré escribiendo versos aunque el mundo los ignore. Y si el tiempo me concede algún instante de alivio, las rimas desconsoladas partirán a un breve exilio. Mas si el río sigue su curso, y esta pena se demora, mi alma quedará en tinta, mi cuerpo sabrá su hora. David Morilla Sorlí

Lejos de mi

Día juntos. Noche larga. Ojos ciegos. Cara amarga. La distancia. El camino. Tan confuso. Tanto hastío. Te levantas. Me despierto. Tú en silencio. Me lamento. No recuerdas. Día nuevo. Tú prosigues. Yo me pierdo. David Morilla Sorlí