Casi (cont.)
Tras unos meses de mucho reflexionar sobre este tema, y hablarlo con personas cercanas, quiero expandir un poco esta reflexión. Ahí va:
Luego decides hablar, mostrar esa parte de ti que siempre guardas, y notas que realmente les importas, que sienten pesar al saber que algo te dolió.
Por primera vez entiendes que no estás solo. No es que no pertenezcas, es que todavía aprendes a ser uno más. Que algunas palabras duelan no borra la verdad de su compañía: te eligen, ríen contigo, quieren estar. Eso pesa más que cualquier comentario que pudo herirte.
Aún así, sientes, al mismo tiempo, cómo tus viejas inseguridades asoman, cómo el miedo a no ser un igual se instala en algún rincón de tu pecho. Y, sin proponértelo, empiezas a ver que muchas de esas dudas nacen dentro de ti, no fuera.
Te invade la certeza de que la amistad no es perfecta, que no existe un edificio sin grietas, y aún así algo en ti comprende que eso no la hace menos real. Caminan contigo, tropiezan contigo, ríen contigo, se equivocan contigo, y en ese ir y venir, descubres que cada gesto, cada instante compartido, pesa más que cualquier palabra que pudo doler.
Empiezas a sentir que aprender a pertenecer es abrirte, aceptar tus cicatrices, tu sensibilidad. Y tú, tú que sigues cargando tus miedos y tus fantasmas, percibes que también puedes elegir confiar, escuchar, acompañar.
Y sigue estando el miedo de que no se te considere uno más, de ser el raro, el diferente, pero cada día esos ecos suenan menos.
Te das cuenta de que todos caminamos con heridas que no siempre se ven, y que, aun así, la compañía sincera consigue suavizar el peso del pasado; un gesto, una risa, un instante a la vez.
David.
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