Autosabotaje

Es complicado hacer amigos cuando nunca has estado solo.

De niño hubo un grupo de amigos, y de adolescente también. Jugabais, reíais, compartíais secretos y planes, pero siempre había un hilo invisible que no encajaba, un viento frío colándose entre las risas, un espacio que no terminaba de llenarse. La amistad era como una estrella fugaz: brillante, luminosa, pero destinada a desvanecerse antes de que pudieras sostenerla entre las manos.

Y se desvanecía. Siempre.

Nunca hubo tiempo para la soledad verdadera, para aprender lo que significa un amigo que te vea, que te espere, que te abrace sin condiciones. Especialmente cuando siempre fuiste el chico que entretiene, que hace reír, que sonríe para que otros sonrían, dejando tu corazón al margen.

En tu cabeza resuena una pregunta constante:

¿Me quieren a mí, o solo lo que doy?

¿Me quieren a mí, o solo disfrutan del fuego que ilumino por ellos?

Entonces aparecen amigos que parecen quedarse.

Pero los fantasmas antiguos no desaparecen.

Cada broma, cada gesto, cada silencio, puede sentirse como un filo invisible que atraviesa la frágil tela de vuestra amistad, esa tela que tanto te costó aprender a tejer.

Vuelves a casa después de un día de sol y risas, y, cuándo de nuevo estás sólo, el eco de cada palabra vuelve a ti, multiplicado por cien.

Involuntariamente, revives conversaciones, repasas gestos, y la ansiedad de temer haber dicho demasiado recorre tus venas. Temes haber perdido lo que tanto te costó encontrar: un amigo que sea verdadero, incondicional.

Y comienzas a retirarte.

Dejas de escribir, dejas de participar, dejas de sentir.

Como si al hacerlo pudieras proteger de ti mismo aquello que más deseas.

Y al final, la estrella se apaga.

El fuego se extingue.

La amistad desaparece.

No por ellos.

Por ti. Por tu miedo silencioso, que destruye todo lo que añoras sin darte cuenta.

Tal vez porque, en lo más profundo, todavía no te amas lo suficiente como para creer que mereces ser feliz.



David.

Comentarios