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Casi (cont.)

Tras unos meses de mucho reflexionar sobre este tema, y hablarlo con personas cercanas, quiero expandir un poco esta reflexión. Ahí va: Luego decides hablar, mostrar esa parte de ti que siempre guardas, y notas que realmente les importas, que sienten pesar al saber que algo te dolió.  Por primera vez entiendes que no estás solo. No es que no pertenezcas, es que todavía aprendes a ser uno más. Que algunas palabras duelan no borra la verdad de su compañía: te eligen, ríen contigo, quieren estar. Eso pesa más que cualquier comentario que pudo herirte. Aún así, sientes, al mismo tiempo, cómo tus viejas inseguridades asoman, cómo el miedo a no ser un igual se instala en algún rincón de tu pecho. Y, sin proponértelo, empiezas a ver que muchas de esas dudas nacen dentro de ti, no fuera.  Te invade la certeza de que la amistad no es perfecta, que no existe un edificio sin grietas, y aún así algo en ti comprende que eso no la hace menos real. Caminan contigo, tropiezan contigo, ríen co...

Echo de menos

Echo de menos aquellas tardes de verano, sentados en la terraza, con mi nestea y tu coca cola, mientras el mundo parecía rendirse en silencio ante la belleza del lejano atardecer. Había algo en esa luz que nos envolvía, como si el tiempo se diluyera sin hacer ruido. Sin que lo supieras, a menudo dejaba de admirar el cielo para perderme navegando en tus ojos color café; en ellos no solo se reflejaba el ocaso, sino también el mapa secreto de tus pasiones y tus metas. Y allí, en esa admiración, encontraba una paz que pocas veces ha vuelto a habitarme. Echo de menos aquellos mensajes inesperados, esos en los que me decías que te escaparías del trabajo para robarle unos minutos al día y regalármelos a mí.  Comer contigo era un pequeño caos: decías que no sabías hacerlo, y siempre terminabas manchándote los labios. A mí me gustaba pensar que lo hacías a propósito, solo para darme la excusa perfecta de limpiártelos con un beso, como quien recoge un instante para que no se pierda. Recuerdo...

Autosabotaje

Es complicado hacer amigos cuando nunca has estado solo. De niño hubo un grupo de amigos, y de adolescente también. Jugabais, reíais, compartíais secretos y planes, pero siempre había un hilo invisible que no encajaba, un viento frío colándose entre las risas, un espacio que no terminaba de llenarse. La amistad era como una estrella fugaz: brillante, luminosa, pero destinada a desvanecerse antes de que pudieras sostenerla entre las manos. Y se desvanecía. Siempre. Nunca hubo tiempo para la soledad verdadera, para aprender lo que significa un amigo que te vea, que te espere, que te abrace sin condiciones. Especialmente cuando siempre fuiste el chico que entretiene, que hace reír, que sonríe para que otros sonrían, dejando tu corazón al margen. En tu cabeza resuena una pregunta constante: ¿Me quieren a mí, o solo lo que doy? ¿Me quieren a mí, o solo disfrutan del fuego que ilumino por ellos? Entonces aparecen amigos que parecen quedarse. Pero los fantasmas antiguos no desaparecen. Cada b...

Casi

Un día te levantas y te das cuenta de que ya no eres ese niño dulce y travieso al que le encantaba jugar con hormigas en los patios, ir a los columpios o intercambiar cromos de fútbol con sus amigos. Eres adulto, pero dentro de ti sabes que siempre seguirás siendo ese niño, con esa inocencia casi intacta de pensar que todo el mundo es, en el fondo, una buena persona. Y tienes tu grupo de amigos, ese que has ido tejiendo durante los años de tu tardía adolescencia y tu adultez primeriza, y por fin te sientes como uno más de ellos. Crees que has encontrado aquello que te fue negado de pequeño, probablemente no por malicia, sino porque nunca habías conseguido encajar del todo en ningún lugar. Le caías bien a todos, pero no eras amigo de nadie. Probablemente porque ni siquiera tú habrías sido tu amigo, porque sabías que dentro de ti había algo que no terminaba de encajar, algo que te hacía sentir distinto, desplazado, sin saber muy bien qué era. Quizá era tu manera de ser, o de expresarte; ...

Lágrimas de tinta

Redacto de puño y letra esta poesía de tristeza, que refleja, como espejo, los sueños de mi cabeza. Hoy estoy desorientado, perdido en un agujero, creo saber lo que busco, mas ignoro lo que anhelo. He de mientras conformarme con desahogar mi penuria, y guardar mientras escribo, mil lágrimas que diluvian. Mientras existan los días, y a la noche el llanto aflore, seguiré escribiendo versos aunque el mundo los ignore. Y si el tiempo me concede algún instante de alivio, las rimas desconsoladas partirán a un breve exilio. Mas si el río sigue su curso, y esta pena se demora, mi alma quedará en tinta, mi cuerpo sabrá su hora. David Morilla Sorlí

Lejos de mi

Día juntos. Noche larga. Ojos ciegos. Cara amarga. La distancia. El camino. Tan confuso. Tanto hastío. Te levantas. Me despierto. Tú en silencio. Me lamento. No recuerdas. Día nuevo. Tú prosigues. Yo me pierdo. David Morilla Sorlí

Amor en silencio

Hoy te he visto nuevamente en esta mundana noche, con esa mirada tuya y esa risa sin reproches. Hemos cantado y bailado, reído, incluso gritado. Ojalá te dieses cuenta que te quiero aquí a mi lado. A veces solo imagino contarte lo que yo siento; mas no puedo darte mi mano, mi amor se lo lleva el viento. Deseo que ya pronto encuentres a quien brindarle tu suerte, y así arranques de mi pecho, cruel pero sin despecho, estos deseos de verte, y estas mohínas poesías, que nacen de no tenerte. David Morilla Sorlí

Lorenzo y Catalina

Una noche fría de enero, como glaciar de la Antártida. Larga noche, casi eterna, gélida y enigmática. Nadie se atreve a salir; la bruma apaga las luces. Solo un audaz caminante se aventura por los cruces. Y tras cuatro horas afuera, tres sumido en la penumbra, halló aquel valiente errante dos fulgores que lo alumbran. Uno asoma desde occidente, redondo, ligero y tenue; el otro nace en oriente, con un resplandor ardiente. «Son Lorenzo y Catalina» nombres del Sol y la Luna. Y en cualquier noche de invierno, al alba, belleza pura. David Morilla Sorlí

El filo de tu mirada

Me pierdo en la comisura de tus labios, rojos, pálidos, suaves como terciopelo. Recorro en vano cada esquina de tu piel, y en cada tacto me congelo como el hielo. Tu mirada es punzante como flechas. Me atraviesa y me desangra con su filo. Mas no me frena a desearla cada mañana: me seduce y me retiene con sigilo. Entro en pánico al escuchar tu voz, despierta en mí un deseo desconocido. Mi instinto grita que será mi perdición, pero me atrae, como a Eva lo prohibido. No hizo falta que cayera tu atuendo ni conjuros murmurados al oído; bastó con ver la silueta de tu cuerpo para oír cómo crecían mis latidos. Y aún sabiendo el alto precio de tu abrigo, y remando contra el río de la razón, solo Dios ve el fuego antes del incendio; ya habrá tiempo para pedirme perdón. David Morilla Sorlí

Cuando llega mayo...

Primavera de flores fragantes se cubre la plaza de rosas, y entre la gente que anda cantan ya las mariposas. Tras un marzo de brisa alegre y un abril de lluvia intensa, por fin ha llegado mayo con esa hermosura inmensa. Ya se escuchan los clamores de padres e hijos jugando. En los parques encendidos mil risas van aflorando. Pronto llegará el verano con su calor sofocante; aprovecha ahora la gente el tiempo de gran talante. ¡Ya llegó la primavera! Cielos de azul soleados, gozan jóvenes y ancianos de un buen vino de mercado. ¡Ya llegó la primavera! Surge el amor a raudales  Y cuando asome febrero... ¡más niños por los portales! David Morilla Sorlí

El viento susurra tu nombre

Cae la noche, susurra el viento tu nombre, y se cuela entre rendijas de mi ventana; me recuerda a tu voz de madrugada, o a mis suspiros cuando sentía tu roce. Cae la noche y se derraman tus palabras, me recorren angustiadas por el cuerpo; tu risa ahora es como arena de desierto, arena ardiente, que infiltra mis entrañas. No hay un día que no extrañe tus caricias, ni una noche que no sienta tu dolor. Sé que mañana despertaré sin noticias, que sentiré el vacío de nuestra cama y que dormiré sin el consuelo de tu amor. David Morilla Sorlí

También giran las agujas del reloj

También giran las agujas del reloj Pero he aprendido a no escuchar su tic-tac Camino con el alma en el presente Hace tiempo dejé de mirar atrás. Las flores huelen distinto en primavera Pero sé que nada es para siempre igual Las observo, admiro su nueva belleza Soy afortunada, vivo otra oportunidad. Aprendí a soltar aquello que hace daño No llevo moño, deje ir lo que me apretaba Aunque a veces seco mis ojos con un paño pues no siempre logro olvidar tu mirada. Aún viven las palabras que cantabas Las guardo con cariño en un baúl  Pero es mejor que duerman, olvidadas No quiero que se vuelvan mi ataúd. Ahora sé que quien ama también suelta que no es buen amor aquel que lastima El tiempo ya no es jaula, es la respuesta Déjame ir, yo ya he doblado tu esquina... David Morilla Sorlí 

Agujas del reloj

Dan vueltas las agujas del reloj se escucha el tic-tac fiel cada segundo, me recuerda a esos pasos de tacón que clavaste hondo en mi corazón difunto. Caen las hojas desnudas del otoño, fluye el agua de ese río de montaña, ahora llevas pelo suelto en vez de moño, yo sigo siendo el mismo loco que te extraña. Cumplo años, misma casa, misma ropa. Tú casada, viendo mundo, exitosa. Me pregunto si alguna vez te equivocas o solo yo cargo esta pena silenciosa. Cantan los pájaros pero no suenan igual, sale el sol pero el brillo no es el mismo, tú te fuiste, sin despedida, casual, lentamente voy cayendo en el abismo. Dan vueltas las agujas del reloj se escucha el tic-tac fiel cada segundo, me consumo poco a poco en mi dolor, el tiempo pesa, me condena... moribundo.  David Morilla Sorlí

Lluvia de verano

Extraño y complejo el amor, no me atrevo ni a entenderlo. Es un nudo en la garganta, un fuerte peso en el pecho. Como lluvia de verano, como invierno soleado, como luz en la penumbra, como caricia a tu lado. Es esa sonrisa tonta  mueca eterna de mi rostro  que se resiste a marcharse como el sol en pleno agosto. El pincel para un artista, me apiado del ignorante, te alza, te da un respiro del día a día constante. Son olas de la mar brava, rompiendo contra la orilla que traen de nuevo la calma, y bajo tu piel se arrodillan. Piénsalo, mi buen amigo, no debe ser enemigo. Pan y vino, algo sencillo. Un poema, el amor; un destino. David Morilla Sorlí

Revelación nocturna

Es verdad que yo lo intento, pero me vence el momento. Cuando estoy junto a tu vera, olvido todo lamento. Es triste… aún no he llorado, si es que aún no lo comprendo: ¿cuándo fue que este humano se vio así… enamorado? No fue ni un acto ni un gesto, solo un sueño, un solo instante, cuando de pronto caí en un tormento constante. El subconsciente es maldito, idealiza y se deleita; pero aquel sueño espontáneo es obsesión, ya certeza. Un deseo… dolor de Dante, «si lo ves, todo lo sabes» torna en pesadilla errante, y, sin embargo, aun así, difícil no desearte. David Morilla Sorlí